4. CUANDO EL DEPORTE SE CONVIERTE EN ARTE

No deja de resultar paradójico que una de las modalidades deportivas más bellas de cuantas existen utilice el término rutina para calificar su técnica de trabajo. Nada más lejano de la monotonía, la insustancialidad y el aburrimiento. En la natación sincronizada no se está a expensas de un rival, de un crono o de un resultado numérico. La creatividad se revela por encima de todos los conceptos hasta brindar al público que acude a la piscina un verdadero espectáculo visual.

Es uno de esos deportes minoritarios en los que es prescindible empaparse en mil y una enciclopedias y manuales. Al espectador se le requieren dos únicas cualidades: ganas de divertirse y sensibilidad. Alcanzando una nota mínima en ambas calidades, todos aquellos que se acerquen a una convocatoria de la sincro quedarán prendados de una especialidad tan atípica como gratificante.

En su largo camino hacia la mayoría de edad, esta disciplina se ha visto obligada a hacer valer su estatuto de autodeterminación. La opresión recibida de la natación al uso forzaba a las jóvenes practicantes a campar en tierra de nadie, sin poder especializarse en uno u otro sentido. Poco a poco, con un importante trabajo federativo entre bambalinas, la sincro ha alcanzado una adolescencia sana y bien encaminada.

Otro signo de distinción que ha marcado la pauta de la natación sincronizada es su exclusividad femenina, detalle que prácticamente pasa desapercibido, fruto de la madurez que por fin se va abriendo camino en las aguas deportivas.